Columna de Nutrición: Mindful eating
En una nueva columna de nutrición, la licenciada Luisina Abrate (MP 44460/8) pone el foco en uno de los errores más comunes al abordar la alimentación: concentrarse únicamente en qué se come y no en cómo se come.
Miércoles 25 de marzo 2026 | 14:20 Hs.
El ritmo acelerado de la vida cotidiana muchas veces nos lleva a comer sin darnos cuenta. Frente a una pantalla, apurados o incluso atravesados por emociones como el estrés o la ansiedad, la alimentación pasa a ser un acto automático. En ese contexto, comienza a tomar fuerza un concepto que propone cambiar la forma en que nos vinculamos con la comida: el mindful eating, o alimentación consciente.
Este enfoque, que se desprende del término mindfulness —traducido como “atención plena”—, invita a estar presentes en el momento de comer. No se trata solamente de qué elegimos llevar al plato, sino de cómo lo hacemos. Es decir, conectar con el cuerpo, con las sensaciones y con el aquí y ahora, dejando de lado el piloto automático que suele dominar gran parte del día.
Abrate advierte que muchos de los malestares digestivos no necesariamente están vinculados a la calidad de los alimentos, sino a los hábitos que rodean la alimentación. Comer rápido, distraídos, de pie o sin registrar las señales de hambre y saciedad puede derivar en síntomas como hinchazón, gases, náuseas o una sensación de pesadez luego de las comidas.
La propuesta del mindful eating apunta justamente a revertir estos hábitos. Incorporar pequeñas prácticas, como masticar bien los alimentos, evitar distracciones, reconocer cuándo realmente hay hambre o elegir qué comer de manera consciente, puede marcar una diferencia significativa en la salud. Incluso dedicar al menos una comida al día a este tipo de atención plena puede ser un buen punto de partida.
Lejos de ser una dieta, este enfoque plantea una forma distinta de relacionarse con la comida: sin culpas, sin exigencias y con mayor escucha interna. En un mundo atravesado por la velocidad y la sobreestimulación, detenerse a comer con conciencia no solo mejora la digestión, sino que también abre un espacio para reconectar con uno mismo.
Este enfoque, que se desprende del término mindfulness —traducido como “atención plena”—, invita a estar presentes en el momento de comer. No se trata solamente de qué elegimos llevar al plato, sino de cómo lo hacemos. Es decir, conectar con el cuerpo, con las sensaciones y con el aquí y ahora, dejando de lado el piloto automático que suele dominar gran parte del día.
Abrate advierte que muchos de los malestares digestivos no necesariamente están vinculados a la calidad de los alimentos, sino a los hábitos que rodean la alimentación. Comer rápido, distraídos, de pie o sin registrar las señales de hambre y saciedad puede derivar en síntomas como hinchazón, gases, náuseas o una sensación de pesadez luego de las comidas.
La propuesta del mindful eating apunta justamente a revertir estos hábitos. Incorporar pequeñas prácticas, como masticar bien los alimentos, evitar distracciones, reconocer cuándo realmente hay hambre o elegir qué comer de manera consciente, puede marcar una diferencia significativa en la salud. Incluso dedicar al menos una comida al día a este tipo de atención plena puede ser un buen punto de partida.
Lejos de ser una dieta, este enfoque plantea una forma distinta de relacionarse con la comida: sin culpas, sin exigencias y con mayor escucha interna. En un mundo atravesado por la velocidad y la sobreestimulación, detenerse a comer con conciencia no solo mejora la digestión, sino que también abre un espacio para reconectar con uno mismo.
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