Internacionales | Politicas 22/01/2020  11:27 hs.

La pugna por el poder se traslada al Mediterráneo

 

Por Juan Manuel Severo Frers

Una semana atrás analizábamos el conflicto en Libia, del cual hoy se espera una reducción de su intensidad a partir de la celebración de una Conferencia de Paz en Berlín el domingo pasado en lo que busca ser el primer paso hacia un alto el fuego permanente y una solución negociada al litigio.


En esta oportunidad, en lo que se busca hacer foco es en el marco dentro del cual se inserta la guerra en Libia, esto es, el renovado interés de algunos países por ampliar sus zonas de influencia hacia el Mediterráneo, en cuya franja oriental, ya se está llevando a cabo una verdadera pugna por los yacimientos de gas natural situados en sus profundidades.

El mejor ejemplo de cuán importante es Libia para el control de la región lo brinda Turquía, por medio de su asociación estratégica con el Gobierno de Unidad Nacional en la guerra civil libia.
A cambio de apoyo logístico y militar, Turquía obtiene un nuevo acuerdo de demarcación conjunta de las fronteras marítimas de sus respectivas zonas económicas exclusivas, que le permite ampliar su zona de exploración y explotación de recursos naturales en la franja oriental del Mediterráneo.

Sin embargo, era de esperarse que las intenciones turcas en el Mediterráneo se toparan con la oposición de los intereses de países como Grecia y Chipre, que  consideran que el acuerdo turco-libio constituye una violación a sus aguas jurisdiccionales y una amenaza a sus derechos de exploración y explotación de los recursos energéticos; o Egipto e Israel, quienes temen por el expansionismo turco en la región. 

Más importante aún, la estrategia turca representa una amenaza para un ambicioso proyecto geopolítico que tiene en el centro de la escena a Grecia, Chipre e Israel: la construcción del gasoducto EastMed, que pretende transportar gas natural desde las reservas marinas del Mediterráneo oriental hacia el continente europeo.

Al analizar esta disputa en profundidad, dos conclusiones pueden extraerse: en primer lugar, la revalorización por parte de Turquía de zonas que antiguamente estaban bajo dominio del Imperio Otomano, en lo que algunos se atreven a llamar “la visión neotomana de Erdogan”. Un movimiento geopolítico respaldado por una mayor presencia militar en las aguas del Mediterráneo.

En segundo lugar, su ausencia en la participación de proyectos regionales como el EastMed, el cual terminó convirtiéndose en un obstáculo para su control de los recursos energéticos y en un competidor en el abastecimiento de gas al viejo continente, a través de la vía Creta – Grecia – Italia – sureste  europeo, que evita el paso por su territorio.

No obstante, ello no inquieta demasiado a Turquía, porque además del acuerdo marítimo alcanzado con Libia para expandir su zona de influencia, el país euroasiático forma parte de un ambicioso proyecto energético conocido como TurkStream, una iniciativa rusa que busca transportar gas natural desde  su territorio hacia Turquía y de allí a Europa, ingresando por su flanco sur. De este modo, no sólo reduce su dependencia energética, sino que también recobra protagonismo, al convertirse en la llave de paso del gas ruso hacia el continente europeo, compitiendo de este modo con el gasoducto EastMed.

Rusia es otro actor que está posando la mirada sobre el Mediterráneo. Además del rol protagónico que ha asumido en el conflicto libio, la administración conjunta con Turquía del gasoducto TurkStream, es otra forma de ganar presencia en el Mediterráneo y abastecer de gas a Europa por vías alternativas a las que venía utilizando. Con el transporte de gas ruso por el sur de Europa, no sólo evita la ruta ucraniana (con quien las relaciones no son buenas, a partir de su anexión de Crimea en 2014) sino que también elude las sanciones de Estados Unidos impuestas sobre la construcción de otro gasoducto (el NordStream 2) que buscaba abastecer a Europa con gas desde su flanco norte.

Por último, no debemos soslayar el interés de la Unión Europea, que mediante la construcción del gasoducto EastMed, en la que participan dos de sus socios (Grecia y Chipre), lograría reducir la dependencia energética que mantiene hace años con Rusia.

De este modo, es cada vez más evidente que el Mediterráneo está volviendo a ser revalorizado por varios países que consideran que su dominio les permite el acceso a una nueva fuente de riquezas y al control geopolítico de la región. En este sentido, no viene mal recordar una máxima que seguramente los Estados implicados tienen muy presente: “la potencia que controla el Mediterráneo, domina 3 continentes: Europa, África y Asia”.








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